Series animadas, el último gran refugio creativo de una industria cada vez más conservadora
February 7, 2026
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En la última década, la animación dirigida al público adulto dejó de ser un nicho pequeño para convertirse en uno de los sectores más creativos de la industria
En la última década, la animación dirigida al público adulto dejó de ser un nicho pequeño para convertirse en uno de los sectores más creativos de la industria audiovisual. Si durante años el género estuvo atado a la irreverencia de series como South Park o al absurdo de los corrosivos productos del canal Adult Swim, la aparición deBoJack Horseman (2014-2020) fue un punto de inflexión que cambió el modo de concebir las series animadas. La extraordinaria creación de Raphael Bob-Waksberg no solo se transformó en un fenómeno global sino que redefinió los límites de lo que una comedia animada podía narrar: depresión, adicciones, angustias existenciales, misoginia, el peso del éxito, la necesidad de redención y la imposibilidad de alcanzarla. Todo con un protagonista que es un caballo antropomórfico, un Hollywood de cartón pintado y un humor que alterna la sátira y el gag visual con momentos de emoción y profundidad devastadores.
El impacto de BoJack fue tal que permitió pensar que se estaba ante un cambio de época. Por un lado, el crecimiento exponencial de las plataformas de streaming abrió la puerta a la consolidación de audiencias específicas y voraces dispuestas a seguir series que no entraban en la clasificación tradicional de la “comedia animada”. Por otro, el público adulto llevaba años buscando relatos que abordaran la vida con más honestidad y libertad de lo que podían ofrecer los dramas convencionales. La animación, paradójicamente, se volvió el medio más flexible para hablar de asuntos que muchas ficciones trataban con pudor.
South Park.
Ese terreno fértil para nuevas exploraciones tiene una genealogía. Antes de BoJack hubo hitos que fueron abriendo caminos: la irreverencia de Los Simpsons y su herencia directa en Futurama; el nihilismo extremo de la inagotable South Park; el universo pop que exploraba con sutileza King of the Hill; la brutalidad de Rick and Morty –que convertiría el existencialismo en comedia de ciencia ficción– y las piezas delirantes del canal Adult Swim, desde Aqua Teen Hunger Force hasta The Venture Bros. que mostraron cómo lo grotesco podía convivir con la experimentación formal. Todos estos antecedentes alimentaron un ecosistema que fue demostrando que lo animado ya había dejado de ser sinónimo de infantil para convertirse en una forma visual capaz de mezclar sátira, metaficción y melodrama sin inconvenientes.
La libertad visual de BoJack Horseman funcionó a la vez como trampolín para otras producciones que, a su manera, tomaron la posta y la llevaron a distintos extremos, del tono documental y confesional de Tuca & Bertie –creada por Lisa Hanawalt, diseñadora de producción de BoJack– a la sátira político/traumática de Undone, del minimalismo emocional de F Is for Family a las distopías bizarras de Inside Job, o hasta las propuestas ferozmente contemporáneas como Big Mouth y su spin-off Human Resources, series que encontraron en el sexo adolescente un espacio para hablar de deseos, miedos y contradicciones con una franqueza poco habitual en las ficciones tradicionales.
BoJack Horseman.
Mientras tanto, Adult Swim siguió funcionando como un laboratorio perpetuo, donde nuevas voces continúan experimentando con géneros y formatos. Ahí conviven la psicodelia brutal con elementos del gore de Primal con el humor apocalíptico de Smiling Friends y el politizado surrealismo de Efectos colaterales, entre muchas otras. Su modelo siempre fue el mismo: apostar por la audacia sin buscar la masividad, dándole a sus autores una libertad creativa casi absoluta. Y ese gesto terminó influenciando a las plataformas, que entendieron que la animación adulta podía tener tanto impacto global como una serie con temática y actores prestigiosos.
Dentro de la expansión contemporánea de la animación adulta apareció también un espacio que hasta hace pocos años parecía marginal: el de la fantasía épica orientada a espectadores maduros, donde series como Castlevania, Invincible y, especialmente, The Legend of Vox Machina encontraron su propio público. A diferencia del linaje más psicológico que popularizó BoJack Horseman o del absurdo que caracteriza a Adult Swim, estas producciones combinan la estructura narrativa clásica de la aventura —magia, reinos en guerra, criaturas sobrenaturales, su ruta— con violencia gráfica y un humor bastante irreverente.
Big Mouth.
En los 2000, la animación adulta era sinónimo de shock, incorrección política y sátira hiperviolenta. Hoy puede ser eso, pero también puede tener la forma de un drama psicológico, una fábula existencial, un retrato del capitalismo salvaje y hasta una mirada profunda sobre la salud mental. La elasticidad del formato es lo que lo vuelve atractivo: la animación permite tensar los márgenes sin las limitaciones presupuestarias propias del realismo que posee el live action. Lo que antes se consideraba una restricción —la “irrealidad” de los dibujos— ahora es un recurso expresivo como cualquier otro.
Los cambios de formato habilitaron un cambio de público. Durante mucho tiempo se insistió en que las series animadas para adultos buscaban a un espectador joven, veinte o treintañero y, sobre todo, “geek”. Esa etiqueta quedó un tanto vieja. El fenómeno BoJack y la expansión de propuestas en plataformas demostraron que el público adulto de la animación es amplio y heterogéneo. Personas que crecieron con la animación en los ’90 y los 2000 siguen vinculadas al formato, sí, pero también apareció un público diferente, uno que quizás antes no se acercaba al género –o lo hacía con desconfianza– pero que ahora lo identifica como un espacio en el que puede ver historias complejas y desafiantes en medio de una industria audiovisual con miedo al fracaso y cuidadosa de no ofender ni incomodar a nadie. Se trata de espectadores que no se enganchan con estas series por afinidad estética sino por su potencia narrativa y por los temas arriesgados que abordan.
Castlevania.
El caso de BoJack Horseman fue, en ese sentido, decisivo. No solo mostró que una serie animada podía convertirse en el drama más analizado de su época, sino que abrió un resquicio en el mercado para que otros autores exploraran la vulnerabilidad sin tenerle miedo a los excesos. También dejó una herencia estética que se observa en decenas de producciones posteriores: la aparición de capítulos experimentales, el uso expresivo del color, la alternancia entre sátira y confesión íntima y la idea de que la caballo animado puede hablar del dolor con igual o más libertad que un humano frente a una cámara.
Hoy, cuando las plataformas multiplican títulos y apuestan por universos animados propios, la animación parece haberse transformado en uno de los pocos espacios en los que la industria se permite un riesgo real. La animación adulta, más que un género, es una herramienta, una forma flexible de observar la vida contemporánea a través de mundos que pueden ser tan extravagantes como íntimos. En esa expansión, BoJack sigue siendo el eje alrededor del cual giran muchas de las discusiones actuales. No como un modelo a imitar, sino como un recordatorio de lo que ocurre cuando la animación se permite explorar el costado menos amable, más complejo y más humano de quienes la miran.
La Leyenda de Vox Machina.
Sin ir más lejos, Long Story Short, la nueva serie de Bob-Waksberg para Netflix, es otra prueba de la elasticidad del medio, ya que utiliza la animación para contar lo que, hasta hace muy poco, solo se podía pensar con los formatos habituales de la comedia dramática. Años atrás, esta historia centrada en los conflictos de una familia judía de clase media a lo largo de las décadas la podía haber filmado Woody Allen, Barry Levinson o los hermanos Coen. Ahora, ese mismo material entre irónico, caótico y un tanto patético puede ser llevado a la pantalla por muchas otras voces, abriendo las puertas también para nuevos desafíos formales. La posibilidad que hoy tiene el género de mezclar humor, tristeza y belleza explica por qué tantas series animadas para adultos se convirtieron en refugio, espejo y hasta en compañía terapéutico/emocional para su público.
La comedia continúa siendo uno de los territorios más fértiles de la animación para adultos. No sólo por su capacidad para moverse entre la sátira, el absurdo y la emoción, sino porque encontró un modo único de hablar de vínculos, crisis y de las rarezas de la vida cotidiana. Long Story Short (Netflix) es quizás el ejemplo más claro: una mirada afectuosa y algo melancólica a una familia disfuncional que atraviesa décadas de peleas internas, viejas heridas y pequeñas reconciliaciones. Su éxito abrió una puerta para otro tipo de comedias animadas, menos cínicas y más humanistas.
Efectos colaterales.
En el extremo opuesto está Efectos colaterales (HBO Max), la serie de Mike Judge y Greg Daniels que combina conspiraciones farmacéuticas con humor seco. Todo aquí funciona gracias al absurdo sistema burocrático que atraviesan sus protagonistas y a la química que existe entre ellos. Más cercanas a la parodia televisiva tradicional, Grimsburg y Krapopolis (no disponibles en plataformas locales) ofrecen enfoques distintos sobre un mundo en caos: la primera juega con los clichés del policial a través de un detective desquiciado interpretado por Jon Hamm mientras que la segunda, creada por Dan Harmon, transforma la mitología griega en una neurótica sitcom familiar.
Entre las series más comentadas de estos últimos años también aparece Hazbin Hotel (Prime Video), frenética mezcla de musical con filosa comedia negra, dentro de un universo demoníaco que está siempre al borde del exceso. Si se busca algo más suave y amable, Strange Planet (Apple TV) propone un mundo plagado de criaturas azules que observan el comportamiento humano con una mezcla de ternura, extrañeza y filosofía. Bizarra, sí, pero menos áspera.
Long Story Short.
Con estilos muy distintos, estas son algunas de las series actuales que confirman que la comedia animada para adultos atraviesa un momento de gran vitalidad. Y, sobre todo, que sigue encontrando nuevas formas de reírse de la rareza de estar vivos en un planeta que parece desintegrarse ante nuestros ojos. «