el “terror” silencioso que ronda la Costa Atlántica
- February 7, 2026
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Lunes 2 de febrero. El termómetro marca 34 grados. Pero la gente no se mete en el mar. Se queda en la orilla. El escenario es Villa Gesell.
Lunes 2 de febrero. El termómetro marca 34 grados. Pero la gente no se mete en el mar. Se queda en la orilla. El escenario es Villa Gesell.
Lunes 2 de febrero. El termómetro marca 34 grados. Pero la gente no se mete en el mar. Se queda en la orilla. El escenario es Villa Gesell. Histórico balneario de bosque, viento y agua fría. Pero el agua está tibia. Y no es un hecho aislado. Se suma viento del noreste. Y unas visitantes inéditas, al menos en esa cantidad y dimensión: las aguavivas. El “terror” de balnearios que empiezan a sufrir las consecuencias del cambio climático y las altas temperaturas. A tal punto que el jueves se vivió una escena similar en Mar del Plata. Estos “bichos” gelatinosos parecen haber abandonado las playas del sudoeste bonaerense donde antes predominaban, para mudarse hacia el norte, a la costa atlántica más marketinera, en la que no dejan de causar asombro.
“¡¡Mirá pa, vení, mirá!!”, grita un nene de 8 años. Las únicas playas que conoce son Gesell y Pinamar. Nunca había visto las aguavivas en vivo y en directo. Apenas las tapiocas, esas versiones miniatura de apenas un centímetro de diámetro y cuerpo transparente. Ahora no pierde su asombro. La criatura marina yace inerte con una enormidad inquietante. Hasta parece inofensiva. El niño la compara con su pie, al cual supera con soltura. “Las aguavivas son normales cuando sopla el viento norte y cuando hace mucho calor, pero estas son muy raras, tienen unos filamentos azules y me hacen acordar a las que hay en el (mar) Mediterráneo”, explicó Gustavo, un guardavidas geselino que trabajó varios años en Mallorca, España.

El nene cometerá un error fatal. La corta. La parte en dos. Ahora pasan a ser dos aguavivas. En Coronel Rosales, bajo vientre de la Provincia de Buenos Aires, donde estos seres fueron moneda corriente durante décadas, aún se recuerda cuando la Marina (que tiene la base Puerto Belgrano) allá lejos y hace tiempo intentó combatirlas, pero a su modo: tirando una bomba en el mar. En vez de matarlas, las multiplicó. Ese verano fue imposible meterse en el mar.
“Las variables más importantes vinculadas con la cantidad de aguas vivas en cualquier localidad dependen, por una parte, del potencial reproductivos de las diversas especies y su potencial de sobrevivencia y, por otra parte, depende también de variables tales como la predación, disponibilidad de alimento para las aguas vivas y varias condiciones ambientales (temperatura, salinidad, estado del mar, intensidad y dirección de los vientos). Una de las variables fundamentales durante el verano en algunas localidades como las del sur de la Provincia es la orientación de los vientos”.
Quien lo dice a Tiempo es Ricardo Bastida, investigador principal del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (CONICET-Universidad de Mar del Plata). El cambio del ecosistema marino es fundamental: tanto el aumento de las temperaturas de las aguas en la Costa Atlántica del centro hacia el norte, históricamente frío, como la persistente pérdida de especies que se alimentan de las aguavivas.
Así lo explica el especialista: “En las últimas décadas recién se conoció que las aguas vivas eran presas importantes de muchas especies distintas. Pueden ser predadas por algunas especies de peces, tortugas, algunos invertebrados y otros organismos. Ellas se alimentan de plancton que incluye muchas especies pequeñas de diversos invertebrados. También comen larvas de peces y de invertebrados que forman parte del plancton. Y pueden consumir pequeñas partículas de materia orgánica. En forma genérica puede depender de la disponibilidad de presas y de que las condiciones ambientales sean favorables tanto para sus presas como para ellas. Sobre estos aspectos se sabe muy poco y puede ser muy variable”.
Este verano las sufrieron hasta en Puerto Madryn. Al bajar la marea, estos ejemplares quedan expuestos sobre la playa, lo que deriva en una sensación de invasión, pero ya forma parte de la dinámica natural del Golfo Nuevo durante el verano. En esta región, la especie es registrada científicamente desde la década de 1970.
Pedro Barón, miembro del Laboratorio de Oceanografía Biológica del Centro para el Estudio de Sistemas Marinos-CECIMAR, relató a El Chubut que, aparentemente, «la densidad es mayor que la del año anterior. Este fenómeno de floración no se da todos los años, pero se da. Si las condiciones son favorables, sobreviven muchas larvas, crecen rápido y explotan el ambiente».

Los especialistas advierten que no deben tocarse los filamentos de los tentáculos: ahí se encuentran las células urticantes llamadas nematocistos. Cuando hacen contacto con otro cuerpo, que en general son presas, unas «flechitas» que tienen dentro se disparan y se las insertan a ese cuerpo. En el caso de los humanos, como somos animales grandes, no nos hace gran efecto, pero produce un fuerte ardor, y si varias agarran a alguien al mismo tiempo puede ser más grave. «Recuerdo una vecina que de chica la agarraron cuatro, estuvo tres días con 40 grados de fiebre, no se podía mover», recuerda Pablo, que desde hace 46 años veranea en su casa familiar frente a Plaza Carrasco en Pehuen-có. Allí fueron tan comunes que la farmacia terminó vendiendo un preparado para sus picaduras.
«En los últimos años bajó mucho la cantidad de aguavivas por nuestras playas –confía un guardavida de este balneario donde sale y se pone el sol sobre el mar–. Nos dijeron que es por los cambios de viento. Si viene del sur no hay ninguna. El tema es cuando viene del norte. Porque arrastra arena hacia adentro, y estos bichos que están debajo del mar son traídos hasta la superficie».
La Agencia de Noticias de la Universidad de Quilmes accedió a un trabajo de investigadores argentinos sobre la picadura de la medusa Olindias sambaquiensis: en Monte Hermoso, al sur de la provincia, se notifican entre 500 y 1000 casos por temporada. El trabajo revisa 49 casos de personas que habían sido picadas por esta medusa y que llegaron a atenderse dentro de la primera hora después del contacto.

Después midieron el dolor. Les pidieron que lo calificaran de 0 a 10, donde 0 es “no duele” y 10 es “el peor dolor”. La mayoría dijo que era un dolor tipo quemadura, y el promedio fue 8/10. Después miraron las marcas en la piel: los tentáculos suelen dejar rayas en la zona de la picadura. El promedio del largo daba 31 centímetros, y en los casos más fuertes llegó a 70 centímetros.
¿Qué no hacer si te agarran? Tenés que evitar rascarte, frotar la piel con arena o lavarla con agua dulce (porque esto dispersa la toxina y aumenta la irritación), mejor colocar vinagre, y nunca viene mal el uso de analgésicos y Caladryl, otro producto que suele ser característicos de los veranos.

Los primeros minutos de la picadura son decisivos: ahí se define si el cuadro se calma o se complica. Dos reflejos suelen jugar en contra: rascarse y lavar con agua dulce, porque pueden activar nuevas descargas de nematocistos que todavía no dispararon. Para las Olindias sambaquiensis, la recomendación es aplicar ácido acético al 5 por ciento (vinagre) durante 15 a 30 minutos para frenar descargas futuras y, recién después, retirar los tentáculos visibles con una pinza u otro elemento, sin frotar.
Para aliviar el dolor: compresas frías por pocos minutos, pero se desaconseja el hielo directo, porque el agua que se forma al derretirse puede estimular nematocistos que quedaron sin descargar.
“Frotarse para sacarse el dolor”: error. Con arena suele multiplicar el problema porque el roce puede activar más descargas.
“Agua dulce para limpiar rápido”: otro error. Porque esparce el efecto de los filamentos.
Suelen generar dolor y ardor local donde rozan los filamentos. Muchas veces se quedan pegados en la piel, y hay que tratar de sacarlos suavemente con pinzas. Nunca presionar ni tirarse arena. En general, producen enrojecimiento del área y aparición de ampollas. En algunos casos se suma fiebre, dolores musculares y articulares. Las que tienen filamentos rojos y rosas suelen ser las más dañinas. Las blancas son inofensivas.

Las aguavivas casi no se mueven, por lo que dependen de las corrientes y los vientos para trasladarse. Si bien son animales que viven en alta mar, pueden ser arrastrados por el viento hacia la costa y luego de un tiempo de exposición al sol durante las mareas bajas. Solo se mueren secándose. No hay que cortarlas porque se multiplican.
Ante una picadura, la Asociación Toxicológica Argentina remarca que es fundamental no rascarse ni frotar la zona afectada para evitar que la irritación se extienda. Hay que evitar el uso de agua dulce, arena o cremas cosméticas sobre la herida, ya que estas sustancias activan una mayor descarga de toxinas en el tejido.
Los expertos recomiendan retirar cualquier resto de tentáculo con pinzas y lavar la superficie lesionada únicamente con agua de mar o vinagre para neutralizar el veneno.
Si las molestias persisten, o la reacción inflamatoria se intensifica, resulta necesario acudir a un centro de salud para recibir el tratamiento adecuado con antihistamínicos o corticoides. La gravedad de la lesión depende de la sensibilidad de cada persona y del tiempo de exposición al veneno de la medusa en el agua. Por este motivo, los profesionales de la salud insisten en no exponer la zona lastimada al sol y seguir estrictamente los protocolos de limpieza para asegurar una pronta recuperación.
“Uno de los mejores recursos es echarse vinagre sobre la herida, o también amoníaco con agua”, explica Gustavo, guardavida de Villa Gesell. El amoníaco, como se sabe, es un componente que podemos encontrar, por ejemplo, en la orina.